Centenares de voluntarios asisten a diario a los refugiados en la estación central de Viena

  • “Esto es una emergencia, hay que ayudar”
  • La UE envía a un primer grupo de refugiados de Roma a Suecia

Fuente: elpais.com

“¡Han llegado más chándales!”, grita una joven mientras lanza una bolsa a un voluntario que atiende la cola de refugiados que en la fría mañana de Viena busca ropa para abrigarse en la estación central. A pocos pasos esperan Martin y Susanne Zeilinger, un matrimonio que ha traído botellas de agua y comida. “Venimos a ayudar, es lo que toca”, afirma la mujer. Así lo sienten también otros miles de vecinos de la capital austriaca que se han volcado en las últimas semanas en la atención de los refugiados que pasan por la ciudad, la mayoría de ellos de camino a Alemania o Suecia. La estación central se ha convertido por ello en uno de los puntos cardinales de la asistencia a los migrantes tras cruzar la frontera desde Hungría (220.000 personas en septiembre).

20151013Tras atravesar la zona comercial y recorrer pasillos impolutos, las escaleras mecánicas llevan al visitante a los andenes. Al final del todo, lejos del trajín de los viajeros, se sitúa la entrada trasera de la estación, que se ha transformado en un pequeño campo de refugiados dirigido por los voluntarios de Train of Hope.
El grupo, que toma el nombre del tren con servicios médicos que recorre desde hace casi dos décadas la Sudáfrica rural, se formó hace cinco semanas. “Se juntaron 10 personas para atender a los primeros trenes de refugiados y enseguida empezó a unirse más gente”, cuenta Dominik Ginzinger, de 24 años. Él se sumó como voluntario dos semanas después y ha dejado su trabajo de somelier en un restaurante para centrarse en esta tarea.

Entretanto, Train of Hope tiene inscritos a 3.500 voluntarios que vienen cuando pueden; 1.500 médicos y sanitarios que se turnan, al igual que 500 abogados para ayudar en la tramitación de peticiones de asilo. Y un batallón muy apreciado de traductores voluntarios de un sinfín de idiomas.

Alrededor de 400 personas trabajan diariamente en la estación para atender a una media de 1.500 refugiados, explica Ginzinger. Cuentan con el apoyo del Ayuntamiento, la policía y la empresa pública de ferrocarril ÖBB, así como de la Unión de Samaritanos, que se encarga de trasladar sus peticiones a la Administración y ayudar con la organización de autobuses para traslados a otros centros de migrantes.
El vestíbulo trasero de la estación, estrecho y largo, está lleno de personas con cara de cansancio, sentadas en el suelo sobre cartones o en tumbonas sanitarias. A sus pies, las bolsas y maletas que guardan lo que queda de su vida en Siria, Afganistán o Irak. Los niños corretean por el pasillo mientras se forman las colas para recoger la comida. Leen, de 18 años, se envuelve en una manta y cuenta que ha llegado a Viena este pasado domingo desde Damasco tras dos semanas de viaje para dejar atrás la guerra. La travesía desde Turquía a Grecia la hizo junto a su madre, dos hermanos y un tío “en un bote con 15 personas más”. En Viena no se quedará más de un día, tiene familia y amigos en Berlín.

“El 90% de los que llegan quiere seguir a Alemania”, calcula Ginzinger. Un destino final de viaje que se ha complicado con la reintroducción de los controles fronterizos en el sur de Alemania. Mientras esperan, se les ayuda en lo que se puede. En el exterior de la estación se han instalado servicios portátiles, contenedores reconvertidos en puestos de información, dos cocinas en las que se manipulan diariamente varias toneladas de comida y tiendas de campaña para entregar ropa y recoger donaciones. El garaje de bicicletas de la estación es ahora un centro de registro de voluntarios y otras funciones de coordinación. Al lado, en un espacio similar, se ha organizado el servicio médico. “También tenemos un puesto para que los que han perdido a familiares por el camino puedan dejar sus datos. Se los pasamos a la Cruz Roja para intentar encontrarlos”, añade Ginzinger. Y está previsto abrir una guardería. “Todo lo que tenemos y ofrecemos proviene de donaciones”, subraya. El Centro Islámico de Viena pone 4.000 bocadillos diarios, una señora trae tuppers de estofado, una empresa botellas de agua… Con el dinero recaudado también se compran billetes de tren para los que ya no tienen con qué continuar viaje.

Laurenz Eypeltauer, de 18 años, rellena unos vasos de plástico con ensalada de patatas. Ya lleva acumulados 25 turnos de voluntario, algunos de ellos de hasta 31 horas. “Esto es una emergencia, hay que ayudar y yo puedo. A ratos me echo a dormir un poco y sigo”, cuenta este estudiante de música. Las raciones de comida vuelan y otro voluntario ya se ha puesto a cortar más tomates en otra mesa.

Zabeullah, de 45 años, come un guiso de arroz rodeado de su familia, con la que ha llegado a Viena desde Afganistán tras un mes de viaje. “Los talibanes han matado a dos de mis hermanos”, explica en un precario inglés. Su destino es Suecia, cree que allí vivirán seguros. “Nos vamos mañana, seguimos el viaje”, añade. Tal vez se detenga en alguna otra estación de Austria, o Alemania, donde otros grupos de voluntarios han adoptado también el nombre de Train of Hope, el tren hacia la esperanza.